Maternidad, deshacerse de la culpa

Buenas tardes de viernes guapuras,

Tal y como os avancé por stories, quería compartir con vosotr@s un post sobre maternidad, en concreto sobre el sentimiento de culpa que a menudo experimentamos y del que a mí me ha llevado un tiempo deshacerme (y a menudo me sigue costando).


Siempre os digo que me cuesta más hablar de maternidad que de decoración, pero a la vez, me resulta sanador. Me sirve para poner en orden ideas y sentimientos y siempre que lo hago recibo un feedback muy positivo por vuestra parte, lo cual me satisface muchísimo.

Para situaros, en el post de hoy abordaré tres temas relacionados con la culpa: la culpa del “no lo estoy haciendo bien”, la culpa del “no me puedo dividir” y la culpa del “necesito mi espacio”.


No lo estoy haciendo bien


Creo que el primer sentimiento de culpa que experimenté cuando fui madre fue el de “no lo estoy haciendo bien”. Una tiene unas expectativas sobre la maternidad, igual, en mi caso, algo idealizadas. Nace tu bebé y te sientes triste, decaída, cansada. Me recuerdo a mi con una bebé prematura en casa, 24 horas al día. Alex se reincorporó a su trabajo a los 10 días y se me vino el mundo encima. El pobre llegaba de trabajar y yo sólo quería darle a la niña y salir al rellano.


Porque, no nos engañemos, los tres primeros meses son intensos. Mis dos monitas han pasado por cólicos y eso significa llorar mucho, especialmente entre las 19 horas y las 3 de la mañana. En esa franja de tiempo, entre sacaleches, cambios de pañal, paseos y llantos, es fácil que te invada la ira y te den ganas de gritar. Entonces te preguntas: ¿qué estoy haciendo mal?


Más o menos en paralelo, suelen aparecer personas que, con su mejor intención, te dan toda una serie de consejos sobre cómo criar a tu pequeñ@ y vas sintiendo como tu corazón se transforma en un coctel Molotov a punto de estallar.


En nuestro caso, estamos criando a las monitas como nos ha hecho felices a todos en cada momento y como nos ha nacido de dentro, del instinto. Opté por la lactancia materna, he colechado con ellas y las he porteado (Alex también) cuando lo han necesitado ellas o nosotros. A lo largo de estos años supongo que no os sorprenderá si os digo que he tenido que escuchar algunos comentarios como que ya mamaban por vicio, que mi leche ya no les aportaba nada, que las pasara al cochecito que estarían más cómodas, que tanto vínculo no era positivo ni para ellas ni para mí. Todos estos mensajes duelen a una madre. Mucho. De la misma manera, me imagino a una madre que no haya podido dar lactancia materna o, simplemente, haya decidido optar por la lactancia artificial, recibiendo presión sobre si es mejor la lactancia materna y siento la misma tristeza.


Porque, como os digo, quiero creer que cada madre y cada padre cría a sus hij@s como mejor sabe y siente y eso es fundamental para deshacernos del sentimiento de “no lo estoy haciendo bien”, porque siempre que decidamos desde el amor y el respeto lo estaremos haciendo bien.


A menudo me habéis preguntado por temas como la lactancia, la alimentación complementaria o el sueño infantil, y mi respuesta siempre es y será la misma: lo que os haga felices a todos.


No me puedo dividir


Entonces nació la segunda. Yo ya tenía un bagaje y una soltura como madre y parecía que se disipaba el sentimiento de “no lo estoy haciendo bien”, ya que la monita mayor crecía sana, feliz y tranquila. Parece que con el segundo no te afectan tanto los comentarios, las críticas o los consejos, ya que siempre tienes preparado el “con la mayor me funcionó”, pero entonces aparece otro sentimiento de culpa que desconocías: el de “no me puedo dividir”.


Llega el día en que te quedas sola con las dos o bien está papá pero las dos reclaman a mamá y en tus mejores sueños te imaginas como un pulpo de 8 brazos que puede atender a las dos monitas y te sobran manos para poner “algo” en orden la casa y darte una ducha, que es a lo que aspiras cuando llega el final del día.


En este momento te sientes mala madre, tal cual. Miras a la mayor (22 meses en nuestro caso) de reojo, mientras la pequeña pasa por una crisis de lactancia, y piensas: pobrecita. Llegan familiares o amigos, besuquean y abrazan a la pequeña y te sale de dentro: ¿y Sara? ¿Habéis visto que bonito/guay/divertido lo que está haciendo/ha aprendido/ha dicho?


Entonces llega la gran reflexión que me llevó a relajarme (un poco) como madre: no soy perfecta, no puedo estar en todas partes, me conformaré con ser la mejor madre en cada momento. Y empiezas a disfrutar, a relativizar y a controlar la situación. Aprendes a detectar necesidades, valorar cada demanda y priorizarla, dejas de victimizar al/la mayor, porque entiendes que le has hecho el mejor regalo y para toda la vida. Delegas en papá o en familiares y empiezas a pedir ayuda, cosa que nos cuesta bastante a las madres, por norma general.


A modo de ejemplos: explicarle a Noa que mamá la dormirá, pero que primero papá le leerá un cuento, con una sonrisa y un beso, aunque se enfade (le suele durar poco) mientras aprovecho para ayudar a Sara con el pijama y hablar un ratito de qué ha hecho en el cole o dormir yo a Sara el día que lo pide (lo pide poquito), mientras papá duerme a Noa, porque sé que ese día lo necesita de verdad y porque sé dela importancia de establecer vínculos afectivos con papá.



Necesito mi espacio


La última derivada de la culpa: el “necesito mi espacio”. Y es que, si queremos ser “la mejor madre” o “el mejor padre” en cada momento, es necesario que en alguna ocasión estemos por nosotros mismos. Porque somos personas, con nuestras necesidades, intereses, vocaciones e ilusiones. Y es evidente que ser padres o madres nos llena y mucho, pero hay días en los que necesitas espacio, incluso físico, coger aire, hacer algo que te motive y volver a la guerra con más energía y amor.


Y aquí vuelve a aparecer el sentimiento de culpa, en el que por ir a la peluquería parece que pidas permiso o que te estén haciendo un regalo de cumpleaños. O por salir a correr, o a tomar un café con una amiga o ir a esa clase de yoga que tanto te gusta. Estos 3 años y medio de madre me han enseñado que recuperar mi propio “yo” me hace ser mejor madre. De nada sirve querer cargar con todo y no delegar si te va a hacer sentir mal, de mal humor o enfadada. Piénsalo: tus monit@s quieren verte bien y feliz, así que cuídate un poco.



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